Para entender la dimensión de la tragedia que sacudió a Haití, provocada por el sismo de 7 grados el pasado martes 12 de enero a las 16:53 horas locales (21:53 GMT), que causó más de 100,000 muertos, se requiere insertarlo en su contexto geopolítico, a la par que revisar los mecanismos de la ONU ante estos desastres. Así se advierte la doble vulnerabilidad de este país caribeño, interna y externa.
Colonia española como parte de las Antillas Mayores desde el siglo XV, dos siglos más tarde, pasa al dominio de Francia debido a los asentamientos de bucaneros y filibusteros franceses.
Conoce la independencia iniciado el siglo XIX en 1804 y no obstante haber sido el primer país independiente de todo el continente americano, con excepción de EU, no encarrila su libertad hacia su fortalecimiento institucional interno, ya que pronto entra en conflicto con su más cercano vecino, la hoy República Dominicana a la que invade en 1822.
Obtenida la independencia de aquélla, la inestabilidad de Haití conduce a la invasión norteamericana a principios del siglo XX, para luego desembocar en la feroz dictadura de Francois Duvalier, Papa Doc, y sus brutales tonton macuote, policía esotérica basada en la religión vudú, a mediados del mismo, y de su hijo Jean Claude, Nené Doc, que le sucede, hasta el doble golpe y control del general Namphy al cierre de esa centuria.
Cuando se pensaba que iniciaría el proceso democrático, Jean Bertrand Aristide es depuesto en 2004 hasta que apenas en 2006 René Préval es electo presidente.
Esa constante turbulencia política ha impedido a Haití construir siquiera un elemental aparato económico. Frente a sus vecinos insulares inmediatos —República Dominicana (RD), Cuba, Trinidad y Tobago (TT), Jamaica y Bahamas— tiene el PIB per cápita más bajo de la región ($1,300 frente a $8,200 de RD), y de poder adquisitivo ($11,500 millones de dólares frente a más del doble de Jamaica), una balanza comercial deficitaria y la segunda inflación más alta (15.50).
Las tasas de natalidad y mortalidad infantil de Haití son las más altas de todo el continente americano (29/1000 frente a 22/1000 de RD —3.81 el promedio de hijos por cada mujer— y 60/1000 frente a 30/1000 de TT respectivamente). La expectativa de vida al nacer (61 años) es la más baja, lo mismo su gasto en educación como en porcentaje del PIB (1.40, sólo el 53% de la población mayor de 15 años sabe leer y escribir), en cambio tiene el segundo porcentaje más alto de SIDA (2.20). Está en posición 149/182 de países en el índice de Desarrollo Humano de la ONU y aproximadamente 80% de su población vive en pobreza. Todo ello a pesar de que ocupa el tercer lugar en población (9 millones 35 mil 536 habitantes) y extensión territorial (27,750 km2), después de Cuba y República Dominicana.
Para empeorar la situación de Haití, y no obstante las recientes catástrofes de L´Aquila en Italia, Sichuan en China y la de Perú, la ONU todavía carece de un efectivo mecanismo de asistencia internacional que de inmediato entre en acción ante estos infortunios naturales.
Su Estrategia Internacional para la Reducción de Desastres (EIRD) no es capaz de organizar y canalizar adecuadamente la ayuda internacional, para que llegue de inmediato a las víctimas. Tan sólo contrástese el reporte de Carlos Loret de Mola en su columna de ayer en “Dardos” titulado “Las 8 vivencias de Haití” con el artículo en la misma edición de EL UNIVERSAL, de Ban Ki-moon, secretario general de la ONU, para apreciar qué tan alejado de la realidad está este organismo internacional.
No obstante esa doble carencia: la falta de fortalecimiento institucional interno y la ausencia de efectividad de la ONU, es el momento de sumarse sin reservas al apoyo de los haitianos.
Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM
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