Sus dedos flamígeros los señalan: quienes proponen una coalición del PRD con el PAN —“del agua con el aceite”— están cometiendo una violación inadmisible a principios. Tres santones de la política —Cuauhtémoc Cárdenas, Vicente Fox y Andrés Manuel López Obrador— reprueban los intentos del PAN y el PRD para ir con un candidato común a disputar las gubernaturas de Oaxaca, Puebla, Hidalgo y Sinaloa. Los mismos personajes que en su momento sumaron una chatarra electoral en torno a sus candidaturas presidenciales, ahora arguyen principios para condenarlas.
En 1988 Cuauhtémoc Cárdenas sumó, en el Frente Democrático Nacional, verdaderas entelequias sin solvencia moral, como el Partido Popular Socialista y el Partido Auténtico de la Revolución Mexicana. En el 2000, Fox compitió y llegó a la Presidencia aliado con el Partido Verde Ecologista de México, el desprestigiado pero rentable negocio familiar disfrazado de partido, y Andrés Manuel López Obrador mantiene sus viejas alianzas con estructuras como el Partido del Trabajo, un engendro salinista, y con el señor de las ligas, por no citar a los Pancho Villa y otras estructuras del inframundo urbano. Asumiendo que la memoria colectiva es corta, censuran hoy la eventual unión de adversarios que se propone romper el monopolio del poder en estados en los que, a la pobreza y la ignorancia, se agregan cacicazgos autoritarios y corruptos.
No pueden negarse los antagonismos ideológicos de un partido, el PAN, que nació para frenar los excesos “socializantes” del cardenismo y la corrupción de los gobiernos de la revolución, y del PRD, fundado por el hijo del general ante la cerrazón del PRI; ciertamente hay temas en los que sus posturas son irreconciliables, como el aborto y los matrimonios entre personas del mismo sexo. Pero hay un objetivo mayor que comparten: ponerle fin a gobiernos caciquiles de la peor ralea, como los de Ulises Ruiz y Mario Marín.
Los gobernadores, que solían ser —lo mismo durante el porfiriato que en los gobiernos de la pos revolución—, meros representantes del señor del centro, descubrieron con la alternancia la autonomía, ya no tienen que comparecer ante Bucareli o Los Pinos; la alternancia en la Presidencia de la República soltó los amarres que, muchas veces, evitaban los excesos de esos jefes políticos.
Tampoco se someten hoy los gobernadores a los otros poderes constitucionales de sus propios estados, menos aún a los electores: una sociedad frágil, ayuna de cultura cívica y sin instrumentos para llamarlos a cuentas, aparece nulificada. Nada pudieron las denuncias sobre la connivencia de Mario Marín con Kamel Nacif para “darle un escarmiento” a la periodista Lydia Cacho; ni la movilización de la APPO reprobando a Ulises Ruiz, ambos concluyen sus gestiones “vivitos y coleando” y, seguramente, impondrán sus candidatos para los procesos electorales en curso.
En otras geografías se han sumado los diferentes e, incluso, antitéticos, para frenar a gobiernos autoritarios, como ocurrió en Nicaragua con la Unión Nacional Opositora, que surgió para oponerse primero al dictador Anastasio Somoza y después a Daniel Ortega, incluyendo desde partidos conservadores hasta comunistas.
Pero una coalición debe trascender la mera expulsión de gobernantes autoritarios y corruptos, es imperativo establecer una plataforma de gobierno con compromisos explícitos en materia de prioridades económicas, sociales y políticas y, al mismo tiempo, que establezca obligaciones ineludibles con la transparencia y rendición de cuentas. Por otra parte, debe incluir candidaturas comunes para gobernador, presidentes municipales y legisladores, que tengan amplio respaldo social y con candidatos con trayectoria en las luchas democráticas.
Una coalición de partidos no es la mejor opción para derrotar los cacicazgos, es cierto. Pero en política, como en la vida diaria, con frecuencia se tiene que optar por el mal menor y lo que está en juego es la prevalencia de los viejos usos: la provocación, la intimidación a los opositores, la violencia más explícita (baste recordar el asesinato a palos del profesor jubilado Serafín García Contreras, en Huautla de Jiménez). Para frenar esos excesos bien vale intentar coaliciones heréticas, aunque chillen los puristas.
Presidente del Grupo Consultor Interdisciplinario
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